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Sin humo en los psiquiátricos
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01.11.15 - DANIEL ROLDÁN

Hospitales de Cantabria, Baleares y Aragón aplican este experimento, que necesita de la colaboración plena de los propios trabajadores

El consumo del tabaco en estas zonas hospitalarias donde la ley permitía fumar no es un beneficio para los enfermos

Sin humo en los psiquiátricos

Un hombre enciende un pitillo a las puertas del hospital. :: J. García

El último día del año se concluyen los preparativos para el ágape nocturno o la comida para recibir el Año Nuevo, se dan los últimos toques al traje de cotillón o simplemente se va a tomar el aperitivo con los amigos. Ese 31 de diciembre, pero de 2010, fue el penúltimo día en que se pudo fumar en un local público cerrado en España. La ley antitabaco, que había entrado en vigor cuatro años antes demostró, su ineficacia al permitir que bares y locales de ocio con menos de 90 metros cuadrados tuvieran clientes fumadores. De esta manera, la gran mayoría de bares siguieron como si nada. Ante este pinchazo, el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero decidió prohibir totalmente el tabaco en espacios cerrados.

Desde el 2 de enero de 2011 no se puede fumar entre las cuatro paredes de un espacio público, salvo en las prisiones y en los psiquiátricos de media-larga estancia. Ambos lugares debían tener una zona acondicionada para fumar «con ventilación propia», y se convirtieron en un rareza legislativa, por lo que la vida del fumador no se vio alterada ni en hospitales ni en las prisiones. La rutina siguió igual y, en algunos centros, la zona habilitada para los enfermos mentales se convirtió en el fumadero al que acudían los profesionales sanitarios.

Pero unos cuantos médicos se preguntaron qué pasaría si en las zonas para enfermos mentales se prohibiera fumar como ocurre en el resto del país. «El primer problema que nos encontramos fue con los sindicalistas. Nos decían que estábamos coartando derechos de los trabajadores», recuerda el doctor Rainer Oberguggenberger, jefe del servicio de Psiquiatría del área sociosanitaria del Hospital Son Espases. Tras explicarles la medida y conseguir el beneplácito de los trabajadores en este centro balear se puso en marcha el plan. Se quitaron los ceniceros y se dejó de suministrar tabaco a los enfermos bajo una estrecha vigilancia de los galenos. «Se entendía que el tabaco formaba parte de la atención psiquiátrica, como algo común desde hace decenas y decenas de años. Incluso antes había trabajadores sociales o bedeles que tenían como objetivo comprar y suministrar tabaco. Era absurdo», explica el doctor de Palma.

Después de tomar esta decisión quedaba por ver qué pasaba con estos pacientes. «Lo veían muy bien porque les dábamos una experiencia novedosa. Podían estar sin tocar una cajetilla por unos días o unas semanas. Y esto es un valor añadido», comenta. Los casos más agudos estaban excluidos. Y el resultado fue sorprendente. No les pasaba absolutamente nada. Los resultados de los tratamientos no se veían alterados. Recuperaban el gusto y ganaban algo de peso.

«La gente esperaba revoluciones, resistencia o irritabilidad. Y nos sorprendimos hasta nosotros mismos», apunta el doctor Oberguggenberger. Con los pacientes que tenían una mayor dependencia se optó por los parches de nicotina. El resultado de la experiencia en este colectivo fue el mismo. No hubo ningún problema.

Los contactos entre los especialistas y la propia iniciativa de algunos de ellos provocaron que esta experiencia se repitiera casi de forma simultánea en Aragón, Cantabria o Asturias.

«La marcha atrás de esta ley no es aconsejable, toda vez que aporta beneficios, tanto a nivel del paciente como del equipo», apunta el doctor Carmelo Pelegrin, jefe de servicio del hospital de Huesca.