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Psiquiatría
El olvido de la depresión
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15.06.15 - DANIEL ROLDÁN

La OCDE asegura que las bajas por enfermedades mentales suponen el 4% del PIB de sus países miembros

Los expertos reclaman a la Administración más medios para luchar contra este mal

 

La depresión es una enfermedad. Una afirmación evidente, pero que no todos los ciudadanos ni las administraciones aprecian como tal. Lo igualan a un cambio de humor por un quebranto vital, a un valle anímico por motivos laborales o a haberse levantado un día cualquiera con el ánimo por los suelos. «La depresión es una enfermedad, como las hepáticas o las cardiacas. Y así hay que tratarla», afirma rotundo el doctor Manuel Bousoño, profesor titular de Psiquiatría de la Universidad de Oviedo. «No es estar triste. Es algo más», insiste el médico. Ese «algo más» que ni la sociedad ni las autoridades observan y que los expertos reclaman.

Es un problema prevalente en la sociedad, donde uno de cada diez españoles padece o sufrirá depresión a lo largo de su vida y que tiene nombre femenino: por cada hombre enfermo hay dos o tres mujeres que la padecen. Es decir, entre 3,7 y 4 millones de españoles pueden ser depresivos. Una situación que tiene un evidente coste médico no solo para el Sistema Nacional de Salud (SNS), sino para el mundo laboral. Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), las enfermedades mentales cuestan a los países miembros hasta el 4% del PIB. Solo la depresión en el seno de la Unión Europea supuso para las arcas de los Veintiocho en 2010 más de 92.000 millones. Unas cantidades astronómicas, pero que no implican que se otorgue la atención necesaria.

Prevención e investigación

«Tenemos que colocar la depresión en el lugar en el que le corresponde porque no recibe la atención que se merece. No recibe la asistencia, investigación y prevención requerida por su alta prevalencia y discapacidad e impacto social y económico», añade el doctor Miquel Roca, de la Unidad de Psiquiatría del Hospital Juan March de Mallorca.

El cambio para que la depresión y otras enfermedades mentales tengan la relevancia necesaria -una depresión muy elevada puede terminar en suicidio- es la concienciación del propio paciente de que tiene una enfermedad grave. «Asume que está triste, que es el típico carácter suyo, pero no asume que esta enfermo», apunta Bousoño. «Una vez una paciente me comentó que hacía año y medio que estaba con mal carácter. Tenía depresión y le respondí: '¡Qué año y medio perdido!'», comenta el doctor Guillermo Lahera, profesor de Psiquiatría y Psicología Médica en la Universidad de Alcalá. Esta tardanza solo es el primero de los problemas.

El estudio Depres, realizado en Bélgica, Francia, Alemania, Reino Unido y España, aseguraba que cuatro de cada diez personas no buscaban tratamiento. El resto (57%) buscaba la curación de diferentes maneras: acudían al psicólogo (8%), otros especialistas médicos (12,3%), al psiquiatra (9,2%) y al médico de atención primaria (50,6%). Un reparto que provoca un «infradiagnóstico» de los pacientes.

«En la sanidad pública hay grandes profesionales. Pero ¿qué se puede hacer en cuatro minutos de media por un caso de depresión?», se pregunta Bousoño. Esto a su vez provoca que haya un tratamiento inadecuado: solo tres de cada diez pacientes diagnosticados recibieron un antidepresivo. En el mismo porcentaje se sitúa el número de personas que alcanza una remisión completa de la enfermedad, es decir, que logran superar la enfermedad en todas sus variantes. Un salto cualitativo que los pacientes califican como «la presencia de una salud mental positiva» (77,3%) o «sentirse como siempre y tener una vida normal», (75,6%).

Las consecuencias más comunes de la depresión, a medio y largo plazo, son una malignización progresiva (tendencia a las recaídas, agravamiento progresivo, pérdida de respuesta a los antidepresivos), alteraciones en la funcionalidad (social, laboral y familiar) y una persistencia de los síntomas residuales. Este último apartado, según reconoce el doctor Lahera, es un campo en el que hay «mucho que mejorar».

Estos síntomas se caracterizan por el insomnio, la ansiedad -que puede ser un predictor de la recaída y del riesgo suicida-, la falta de interés, la irritabilidad, la fatiga; los dolores de espalda, musculares, estomacales o cefaleas tensionales; pérdida de líbido, tanto en mujeres como en hombres, y dificultades cognitivas.

Todos estos síntomas deben hacer plantear al especialista su diagnóstico, y ver si hay algo más. También es necesario verificar el tratamiento. «Tres de cada diez enfermos resistentes es por falta de adherencia. Hacen igual que hacemos todos. Si nos diagnostican algo para siete días y a los cinco ya estamos bien, dejamos de tomarlo. Con los pacientes con depresión pasa lo mismo», asevera el doctor Lahera, ponente en un seminario de Lundbeck. Además, hay que confirmar que se está dando el antidepresivo en el tiempo y las dosis adecuadas. Unas medidas necesarias para hacer desaparecer esos síntomas residuales, asociados a un mayor riesgo de recaída. Y conseguir, esta vez sí, que las personas vuelvan a tener una vida normal.