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«Me siento igual que si hubiese dado a luz»
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18.06.09 - J. P. PARRA
«Me siento igual que si hubiese dado a luz»
UNIDOS. Mari Carmen López y Juan Frutos, ayer en su casa de El Palmar, ya completamente recuperados de la operación . / GUILLERMO CARRIÓN / AGM

Juan Frutos y Mari Carmen López se niegan a protagonizar una edulcorada historia sobre amor heroico. «Lo nuestro no tiene nada de extraordionario -cuenta él-; simplemente tuve la oportunidad de ayudar a mi mujer y lo hice». Suena sencillo, pero no lo ha sido tanto. Mari Carmen recibió el 5 de mayo un riñón de su marido. Es la primera vez en la Región en que se usa el órgano de un donante vivo que no tiene lazos de sangre con la persona trasplantada. Hasta ahora, todas las operaciones de este tipo -cuatro en total- se habían hecho entre hermanos.

Un mes y casi quince días después de la intervención, Juan y Mari Carmen están ya en casa, recuperados completamente. Son las cuatro y media, y disfrutan de algo tan sencillo como un rato de sofá y un partido de fútbol -el España-Irak- en la tele. La sensación de tener toda la tarde por delante es nueva para ellos, porque Mari Carmen ha pasado cuatro años enganchada a la máquina de diálisis. «Sesiones de cuatro horas durante tres días a la semana», recuerda.

Desde el momento en que le diagnosticaron insuficiencia renal - «mis riñones fueron empequeñeciendo hasta que no servían para nada», recuerda- Juan se ofreció para donarle el órgano que le hacía falta. «Yo le dije que no, que podía ser peligroso». Pero la lista de espera para recibir un trasplante de un donante cadáver se iba eternizando, y Juan siguió insistiendo. Se hizo las pruebas, y la complementariedad con su mujer era total. Pasó por infinidad de médicos y por un psicólogo. Todos le decían lo mismo: «Puedes echarte atrás cuando quieras, si no estás seguro no tienes por qué hacerlo». Pero lo tenía muy claro.

Mari Carmen terminó aceptando. «Pensaba que podía pasarle algo en al operación, o que podría tener problemas en el futuro con sólo un riñón, pero él se empeñó y al final fuimos adelante». Entraron en el quirófano apenas quince días antes de su aniversario de bodas. Llevan 24 años juntos. Se quieren, se adoran, pero la suya es una historia real, no un telefilme. «Seguimos discutiendo igual que antes de la operación; no vamos todo el día agarrados de la mano», bromea Juan.

Sus hijos, de 23 y 19 años, los han apoyado en todo momento. Mientras sus padres estuvieron ingresados en el hospital, tuvieron que repartirse para estar con ellos, porque pasaron el postoperatorio en habitaciones separadas para evitar infecciones. «Hablábamos todo el rato por teléfono móvil, y nos animábamos el uno al otro», recuerdan. Quizá por eso, porque han pasado por este trance juntos, su recuperación ha sido sorprendentemente rápida. «Hasta los médicos estaban asombrados».

Sin miedo

Ahora, preparan un viaje «de ocho o diez días, algo que no hemos podido hacer antes por culpa de la diálisis». Afrontan con optimismo el futuro. En realidad, nunca han tenido miedo. «No hay por qué tenerlo, no pasa nada. Creo que la gente que esté pasando por una situación parecida debe animarse y dar el paso».

Él no lo ha dudado ni un momento. Antes de la operación, estaba anímicamente muy afectado. «Veía a mi mujer deteriorarse y que el trasplante no llegaba». Ahora, está exultante. «Me siento como si hubiese dado a luz, porque esto es algo parecido: se trata de dar vida».