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La lucha contra los bazares de órganos
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25.03.17 - DANIEL ROLDÁN

Filipinas, Pakistán e India reciben a miles de compradores de países ricos o pertenecientes a una minoría elitista de estados en desarrollo

El tráfico ilegal de hígados y riñones mueve entre 550 y 1.110 millones de euros

La lucha contra los bazares de órganos

Un paquistaní muestra la enorme cicatriz que le dejó la venta de uno de sus riñones. :: reuters

Un paciente coge un avión en Tel Aviv. Aparece en Colombo, capital de Sri Lanka, y es trasladado a una clínica para que sea operado. Un viaje en apariencia normal. Pero no es así. El mal llamado hospital está en la selva. Los monos observan los movimientos de los profesionales sanitarios desde las ventanas, incluso llegando alguno a colarse dentro. Y el órgano que llegan a colocar tiene un origen totalmente ilícito. Este es uno de los casos con los que se ha topado la justicia israelí en una investigación de tráfico ilegal de órganos.

El país de Oriente Próximo es uno de los pocos estados que ha cambiado de forma radical su forma de encarar este problema. Ha pasado de exportar enfermos a luchar de forma activa contra el mercado ilegal de órganos. «En Israel es casi imposible traficar con órganos», afirma rotundo Gilad Erlich, fiscal del Distrito de la Región Central. El cambio se produjo hace una década, cuando el Gobierno y el Parlamento decidieron perseguir el dinero. «Cualquier pago por un órgano es ilegal», sentencia. Se persigue también al comprador. Pero lo que hizo de verdad saltar todas las alarmas fue que nacionales fueran a Turquía a vender un riñón. «Es una locura», incide Erlich, que destaca también el problema de «salud pública» de estos enfermos.

Pero, señala el fiscal, aunque Israel sea duro con el tráfico ilegal de órganos, esta lucha tiene que ser global. «No hay gobiernos fuertes que puedan decidir y cambiarlos», señala Erlich, sobre un negocio que tiene su foco en Turquía, Sri Lanka, Tailandia, Filipinas, Pakistán e India. Lugares a los que acuden compradores de «países ricos o que tienen una minoría muy rica», señala la doctora Beatriz Domínguez-Gil, copresidenta del Grupo Custodio de la Declaración de Estambul. «Norteamérica, países europeos, Oriente Medio, Japón, Australia o Nueva Zelanda. Son pacientes que viven en un país con una donación muy limitada o que no están dispuestos a esperar», indica.

Las cifras de este tráfico son aproximaciones porque «ha habido muy poco esfuerzo de los gobiernos en hacer una recopilación sistemática de datos». La Organización Mundial de la Salud (OMS) calculó, en 2017, que entre el 5% y el 10% de los trasplantes en el mundo eran objeto de alguna comercialización. En 2011, un estudio sobre el crimen organizado aseguraba que el negocio de los trasplantes renales y hepáticos se movía entre los 550 y los 1.110 millones de euros anuales. Unas cifras que se van a matizar antes del verano. El grupo de la Declaración de Estambul, que reúne a más de 150 expertos repartidos por el mundo, tiene previsto publicar antes del verano una actualización de los datos de la OMS.

Estas prácticas solo se consiguen eliminar con una mayor presión hacia los países más laxos con la venta de órganos. «Pakistán es conocido como el bazar mundial de órganos». Pero, además, los expertos reclaman un paso más: una mayor implicación de los profesionales sanitarios diciendo qué pacientes han recibido un órgano de forma ilícita. «Debemos implicar al personal sanitario y crear unos códigos de conducta que les exigieran reportar estos casos», añadió.

euros, aproximadamente, le cuesta un órgano ilegal a un comprador: la adquisición por parte de la trama de un riñón, los costes y la operación. El donante, si cobra, solo recibirá entre el 5% y el 10%.