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Tracoma, el mal que ciega el futuro del África negra
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17.07.16 - ANTONIO CORBILLÓN

Más de 200 millones de personas en todo el mundo podrían sufrir la llamada ceguera de los pobres, una afección cruel e incurable

Tracoma, el mal que ciega el futuro del África negra

Oftalamólogos como el doctor Bandobere Eleagerse practican hasta seis intervenciones diarias. :: a. C.

Hay pocos lugares del mundo donde el futuro se sienta más borroso que en poblados como el de Mayuge, en Uganda. Por eso, el doctor Bandobere Eleager se afana desde hace años en operar tantos ojos como puede. Practica una media de seis operaciones cada mañana a pacientes que sufren tracoma, una enfermedad que no tiene cura y en la que, solo a veces, se puede hacer algo por salvar parcialmente la visión del afectado. A la pregunta de cuántas operaciones hace, responde que «demasiadas». «Además, muchas veces tienen que volver en unos días y hay que repetir la intervención», explica sin dejar de coser los ojos de un anciano que soporta con estoicismo los bisturíes y el remiendo sobre sus párpados. Junto a Eleager, otro colega opera a toda velocidad en el humilde pero aséptico quirófano del dispensario del pueblo apoyados por otros dos facultativos. Fuera, un nutrido grupo de hombres y mujeres esperan su turno.

Más de 200 millones de personas de 51 países de África, Asia y América Latina corren el riesgo de padecer tracoma, conocida como la ceguera de los pobres porque solo se registra en los países con graves carencias en su desarrollo. De hecho el 90% de los invidentes del mundo se concentran en ese medio centenar de estados, según la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Este organismo insiste en que África es el continente más afectado. La desnutrición, la exposición al aire libre en zonas de arena y polvo y la intensidad de la luz solar forman un cóctel explosivo, que acaba de 'eclosionar' debido a las graves carencias de salud. En Mayuge se da toda esta combinación de factores. «Aquí el tracoma era endémico hasta hace nueve años -continúa el doctor Eleager mientras sus larguísimos dedos operan con soltura-. Uno de cada siete niños lo padecía, ahora hemos bajado esa cifra hasta el 2%», afirma orgulloso.

En esas cifras ha tenido bastante que ver la cooperación global. La Iniciativa Internacional contra el Tracoma (ITI), junto a la Coalición Internacional para el control del Tracoma (ICTC), tienen como ambicioso objetivo erradicar la dolencia en 2020. Pero los antecedentes son esperanzadores. Estados como Omán, China, Irán, Marruecos o Vietnam fueron declarados libres de tracoma en 2012. En los últimos 30 años, los afectados en el mundo han bajado de 360 millones a menos de 80. Pero todavía hay 230 millones de personas en riesgo.

La ITI, creada por la Fundación Edna McConell Clark, y la farmacéutica Pfizer, ha donado 500 millones de dosis de zitrimocina, un antibiótico que se ha mostrado eficaz contra la 'Chlamydia trachomatis', la bacteria que provoca la dolencia. Un avance para paliar sus efectos, que se agravan por las dolorosas úlceras de las córneas. El contagio se produce por secreciones oculares y nasales entre personas, gente que comparte objetos de higiene personal o ropa y luego se frotan los ojos. Los insectos son otro 'aliado' de la propagación. En Uganda ocho de sus 40 millones de habitantes viven en alguno de los 41 distritos en los que la enfermedad es endémica. Pero el mundo está lleno de escenarios como Mayuge. Zonas rurales de África (en especial subsahariana), América Central y del Sur, Oriente Medio y Asia. Lugares en los que «la combinación de agua potable y unas simples letrinas contribuirían a detener el mal», concluye el oftalmólogo Eleager mientras remata el cosido de su último paciente.

Un paciente con tracoma en lugares con tantas carencias se convierte en una vida lastrada y que agota una parte importante de los recursos y esfuerzos de la comunidad que debe atenderle. Una vez más, el futuro está en las aulas. En la cercana escuela comunal de Kyebando, a unas pocas decenas de metros del hospital, estudian algo más de mil niños en aulas que superan de largo los 60 o 70 críos. Pero todos participan en los programas para evitar pasar por la misma dolencia que sus padres y abuelos. Cuando su profesor pregunta «¿quién tiene un familiar que sufra tracoma?» solo un chico extiende la mano. «Hace una década la habría levantado más del 60%», dice con orgullo su director, Muwubani Fred. Son barracones muy sencillos pero, en el programa educativo del centro, los planes de formación incluyen maestros de apoyo para responder a las necesidades específicas de cada alumno: «incluidos los que puedan estar afectados en casa por una pandemia como el tracoma», saca pecho el maestro Fred.