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Farmacología
El auge de las superbacterias pone en jaque al sistema sanitario
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30.05.16 - BORJA ROBERT

Al año mueren 25.000 personas en Europa por infecciones para las que la medicina ha perdido la cura a causa del mal uso de los antibióticos

 

barcelona. Ni siquiera su temible apodo, superbacterias, ha conseguido concienciar a la población del problema que suponen. Mientras en el resto de disciplinas médicas cada vez hay más y mejores tratamientos, los especialistas en infecciones bacterianas asisten atónitos al proceso contrario. La eficacia de sus fármacos se difumina y ninguno de los planes para revertir la situación, que empieza a ser dramática, funciona como esperaban. El Centro Europeo de Control de Enfermedades (ECDC) calcula que en Europa mueren más de 25.000 personas al año porque sus médicos se quedan sin un antibiótico eficaz con el que curarles. Algunos expertos creen que la cifra se queda corta y podría ser considerablemente mayor. En lo que coinciden todos es en alertar de que el riesgo es cada vez mayor y en reclamar medidas drásticas.

Todavía no se ha cumplido un siglo desde el primer antibiótico -la penicilina, descubierta en 1928 por Alexander Fleming- y ya no queda ninguno completamente eficaz. Para todos los fármacos antimicrobianos conocidos por el hombre existe al menos una cepa de bacterias que se ha vuelto resistente. Para los antiguos, los modernos y hasta para los denominados «de último recurso», que solo se usan en situaciones límite porque sus efectos secundarios son graves. Cada vez es más frecuente que los hospitales se queden sin alternativas terapéuticas ante una infección, y que pacientes fallezcan por dolencias que unos años antes podrían haberse curado. La culpa es del abuso, por parte de pacientes, de ganaderos, de agricultores y también de algunos médicos.

«Cada vez tenemos más cepas resistentes», explicó el pasado jueves José Campos, director del Centro Nacional de Microbiología (CNM) -la institución de referencia sobre este problema en España, parte del Instituto de Salud Carlos III (ISCIII)-, durante una ponencia en el congreso anual de la Sociedad Española de Enfermedades Infecciosas y Microbiología Molecular (Seimc). A su laboratorio, al que los hospitales españoles envían -voluntariamente- las muestras de microorganismos resistentes que encuentran, cada vez llegan más a menudo. Y lo más preocupante es que cada vez son más habituales las superbacterias inmunes a los antibióticos de último recurso.

Pocas alternativas

Entre 2010 y 2015, por ejemplo, en el CNM se han cuadruplicado las muestras recibidas de bacterias resistentes a los carbapenemos, un antibiótico de amplio espectro cuyo principal uso es enfrentarse a infecciones graves que no responden a otros tratamientos. En el mismo periodo se han duplicado los casos identificados de resistencia a las cefalosporinas de tercera generación -«las estamos perdiendo», protestó Rafael Cantón, presidente de la Seimc y médico del servicio de Microbiología en el hospital madrileño Ramón y Cajal-. La semana pasada se publicó que EE UU había identificado por primera vez en su territorio un superpatógeno resistente a la colistina, un antimicrobiano que solo se usa en casos límite porque puede provocar daños en los riñones y el sistema nervioso. En España ya se había encontrado en 2013.

Cuando se quedan sin antibióticos disponibles, los médicos tienen que recurrir a lo que pueden. A aumentar las dosis -que a su vez eleva la toxicidad y el riesgo- o a usar simultáneamente varios fármacos antimicrobianos con esperanza de obtener un mayor efecto. Solo funcionan a veces, y cada vez menos. Y, para colmo, la industria farmacéutica apenas investiga en el desarrollo de nuevos medicamentos. «No son rentables como otros», aseguró Belén Aracil, investigadora en el CNM. Se calcula que menos del 5% de la inversión mundial en la búsqueda de nuevos fármacos se destina a antibióticos.

Frente a una situación tan descorazonadora, los propios médicos buscan maneras de optimizar el uso de antibióticos para generar las menores resistencias posibles. De momento, pese a multitud de iniciativas, la proliferación de superbacterias no se detiene. «La cifra de 25.000 que da Europa es conservadora, probablemente sean bastantes más», sentenció Campos.