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Enfermedades infecciosas
«No sé lo que falló, si es que falló algo»
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06.11.14 - BORJA ROBERT

«Tenemos la mejor sanidad del mundo pese a la nefasta dirección política», sentencia Teresa Romero al abandonar el hospital

«No sé lo que falló,  si es que falló algo»

Teresa Romero recibe el cariño de su marido, Javier Limón, ayer. :: AFP PHOTO / PIERRE-PHILLIPPE MARCOU

Llegó en una ambulancia escoltada por policías y se marchó 30 días después entre aplausos. Teresa Romero, la primera persona contagiada de ébola fuera de África, abandonó ayer el hospital Carlos III de Madrid entre gritos de ánimo de sus compañeros. La auxiliar de enfermería se fue a casa tras agradecer el apoyo de quienes la han tratado, y también de sus amigos y familiares.

Antes de salir, compareció para leer un comunicado. Subió las escaleras del estrado despacio -«aún me encuentro muy débil», explicó- acompañada por los vítores de varias compañeras. Le temblaron las manos y la voz. Su marido la animó con un beso. «Estoy aquí para daros las gracias», comenzó. La auxiliar, que pasó de tratar el ébola a sufrirlo y a sobrevivirlo, agradeció «a Dios y a Santiago Apóstol» su recuperación. También a los médicos, las enfermeras, las auxiliares, el personal de limpieza, los celadores y el equipo de seguridad. «Sin su esfuerzo, abnegación, dedicación y dosis de cariño no habría sido posible salvar mi vida», aseguró.

«Han demostrado que tenemos la mejor sanidad del mundo y que tenemos unos profesionales abnegados que, pese a la nefasta dirección política, pueden obrar milagros. Y yo soy uno de ellos», afirmó Romero. La auxiliar, que forzó su ingreso en el hospital el pasado 6 de octubre, pasó 26 días bajo aislamiento estricto. Su marido, Javier Limón, ha contratado a un abogado junto al que planea iniciar acciones legales contra el consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid y la propia Administración.

Previamente había comparecido en rueda de prensa el equipo médico, una intervención pública conjunta a la que la superviviente de ébola preferió no sumarse para dirigirse a los periodistas en solitario.

Romero se refirió a su contagio. «No sé lo que falló, si es que falló algo», afirmó. De momento, la única explicación que maneja la investigación es que la auxiliar se tocó la cara al quitarse el traje. «Si mi contagio sirve para algo, para que se estudie la enfermedad, para encontrar una vacuna, o si mi sangre sirve para ayudar a otras personas, aquí estoy», dijo. Entonces recordó a la guineana Paciencia Melgar, también superviviente, cuyos anticuerpos le transfundieron. «Tengo muchas ganas de verme con ella y darle un abrazo», aseguró. «Nunca estaré lo suficientemente agradecida».

La auxiliar aseguró que formará parte de la red de donantes y supervivientes de ébola que se está creando en Europa, que ayudará a los investigadores a determinar qué tratamientos son efectivos. «Si con mi sangre se puede curar, aquí estoy. Hasta quedarme seca», recalcó Romero. «Me ofrecí voluntaria para ayudar, aun a riesgo de poner en peligro mi vida, y no ha sido en vano».

Los momentos más difíciles que pasó Romero durante su lucha contra el ébola los vivió durante la primera semana de ingreso. El virus le causó problemas pulmonares que persistieron incluso cuando su sistema inmunitario ganaba la guerra. «Cuando pensaba que me iba a morir me aferraba a mis recuerdos, a mi familia y a mi marido, al que adoro», explicó la auxiliar. Recordó que la mayor parte de los días de su ingreso -26 de 30- permaneció aislada. «Lo único que tenía era contacto por teléfono con Javier y el cariño de los profesionales que me han cuidado».

Excálibur

Antes de abandonar el centro, Romero reiteró su agradecimiento al personal del hospital de Alcorcón. Ahí estuvo ingresada unas horas hasta que se confirmó su infección por ébola. Varios de sus trabajadores tuvieron que permanecer ingresados, en cuarentena, por estar en contacto con ella. También se acordó de sus vecinos. «Por todo lo que han tenido que soportar», recalcó. El miedo, las labores de limpieza, la presencia de medios de comunicación. Y concluyó: «Gracias de todo corazón».

El marido de la auxiliar, Javier Limón, aseguró que aún había un mensaje más en los papeles. «Tere no se ha referido a una cosa. Y no se puede referir a ella porque se emociona demasiado», explicó. «El recuerdo inolvidable de nuestro perro Excálibur, el hijo que nunca tuvimos». Y leyó, de nuevo, lo que contó él mismo cuando abandonó el hospital. «A nadie le importó lo importante que era el animal para una familia como nosotros, que no tenemos hijos», recalcó. En un caso similar en EE UU se optó por salvar al perro. «No era necesario», afirmó Limón. «Y, además de haber perdido una oportunidad científica importante, no le dimos ninguna oportunidad a Excálibur».

«Y nos vamos a marchar, que Tere necesita descansar», concluyó.