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«La que se ha curado ha sido Teresa Romero»
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27.10.14 - BORJA ROBERT

Nunca pensó que fuese a tratar un caso de ébola y, tras dos semanas de angustia y desvelos, vuelve a dormir tranquila

La doctora Marta Arsuaga, de Medicina Tropical del Carlos III, ha vivido su contacto con el virus con respeto y emoción

«La que se ha curado  ha sido Teresa Romero»

De izq. a dcha., los médicos Marta Arsuaga, José Ramón Arribas, Marta Mora y Fernando de la Calle. :: SUSANA VERA / reuters

Nunca imaginó que viviría lo que estaba a punto de hacer. Se detuvo en la puerta, dio el primer paso y se lo recordó a sí misma. «Estoy en una habitación con un paciente con ébola». Sintió, explica, una mezcla de respeto, calor y emoción. «No todos los médicos tienen esta oportunidad. Qué bonito». Marta Arsuaga, doctora del servicio de Medicina Tropical del hospital Carlos III, plantó cara al virus por primera vez tras la repatriación del misionero Miguel Pajares. Durante el caso de García Viejo estaba de vacaciones -«por desgracia no me dio tiempo ni a volver», dice-. Después ha formado parte del equipo de profesionales sanitarios responsable de que Teresa Romero, el primer contagio fuera de África, esté en fase de recuperación.

«No se puede imaginar qué se siente cuando estás en la habitación. Te pones el traje y te sientes disfrazado, en una película de ciencia ficción. Lo único que notas es mucho calor. Preguntas si todo va bien, te revisan, te dicen que sí, te fías y entras», cuenta la doctora. «Luego, una vez has entrado, te mueves con mucho cuidado. Lo que fuera haces en cinco minutos ahí dentro tardas diez. Es como si estuviésemos en la Luna». Poco a poco, reconoce, se acostumbraron. Incluso, dice, era fácil distinguir a los que accedían por primera vez.

Arsuaga asegura que las dos semanas desde el ingreso de Romero hasta su curación han sido duras. «Se ha hecho muy largo. Cada día larguísimo, cada hora larguísima, cada minuto eterno», narra. «Ha habido momentos muy malos». Aunque ante la prensa siempre se mostró tranquila, asegura que tanto ella como su entorno notaron la diferencia. «Son circunstancias que te marcan, que cambian desde tu personalidad a tu apariencia», dice. La sonrisa -que afirma que siempre va con ella- le volvió solo cuando supieron que Romero estaba curada. «Soy de dormir a pierna suelta, y estos días he dormido fatal». No podía desconectar. El equipo comparte un grupo de Whatsapp y, reconoce, no podía dejar de mirarlo durante sus horas de descanso. Nunca pensó que se enfrentaría al ébola.

«Hasta ahora el ébola era una enfermedad casi desconocida, con brotes pequeños en zonas remotas», cuenta Arsuaga. «Si me hubieran preguntado qué enfermedad tropical no iba a ver nunca, habría dicho esta». Aunque la doctora, de 40 años, ya había tratado otras enfermedades asociadas, habitualmente, a países lejanos. A lo largo de su carrera ha ejercido en Etiopía, en Guatemala y en Manaos (Brasil). «He visto malaria, dengue, leptospira y otras fiebres hemorrágicas como el ébola», dice.

Ninguno de estos contrincantes le da miedo, afirma. «Respeto, mucho. No quiero contraer ninguna, aunque verlas y tratarlas, si tenemos las condiciones adecuadas, no me supone ningún problema». Con el ébola, explica, ha vivido entre la angustia y el estímulo. «Por un lado es muy interesante, muy estimulante, y por otro genera mucha preocupación». El caso de Teresa Romero ha sido especialmente sensible para todos los que la han tratado: es su compañera de trabajo. Tienen un vínculo emocional con ella y, además, su estado les recordaba permanentemente el riesgo al que se enfrentaban. La auxiliar se contagió haciendo lo mismo que tenían que hacer ellos.

En el plano personal, afirma, la presión ha sido mucha. «Te ibas del hospital, pero seguías ahí. Estás cansado, no desconectas. Yo he tenido la suerte de que, a nivel de familia, pareja y amigos, todos han sido incondicionales», explica. «Tengo que agradecer a mucha gente que ha estado ahí. Porque nosotros estamos para sostener al paciente, pero necesitamos a gente que nos sustente a nosotros».

Responsabilidad de todos

Romero está curada, y un equipo de más de 60 personas ha ayudado a que sea así. «Pero la que se ha curado ha sido ella», recuerda Arsuaga. «Ninguno de los medicamentos que le hemos puesto sabemos a ciencia cierta si curan o no. Nosotros hemos estado alrededor, ayudándola un poquito, poniendo de nuestra parte para mantenerla con vida. Hemos sido todos. Para que yo pueda hacer mi trabajo necesito que el resto hagan su parte». Además de sus médicos han participado personal de enfermería y auxiliares -que han acometido la mayoría de entradas a la habitación-, limpiadores, técnicos de laboratorio y especialistas de otras muchas disciplinas.

Cuando llegó la primera PCR negativa, afirma, el equipo médico ya estaba casi convencido de que habían ganado la batalla. Romero había superado las dos semanas con síntomas que marcan -difusamente- el punto de curación. «En medicina nada es blanco ni negro, así que no cantas victoria, pero vas viendo que tu paciente mejora pasito a pasito y piensas que va a salir adelante, que no hay marcha atrás», aclara.

Aun así, asevera, todavía guarda la cautela. «Tenemos que ser muy cautos para decir que una persona está curada. Hasta que no la veamos fuera del hospital, totalmente restablecida, siempre nos quedará un resquicio de duda», afirma. Las probabilidades de algo inesperado, dice, son mínimas. «El miedo ya se nos ha quitado. Yo ya estoy durmiendo mejor».